La Omnipresencia Estatal

Por Enrique Guardo (*)

En tiempos difíciles, el Estado avanza. Es su oportunidad de oro. Sea cual fuese la excusa, sirve y convence. El avance es brusco, torpe; y es con fervor. Con ira. Como si acabase de cortar sus cadenas y va en busca de su presa. Cuando el Estado da un paso, nadie puede hacerlo retroceder. Es como una especie de gigante de acero en medio de un torbellino que, si bien destruye todo a su paso, nos protege de perderlo todo.

Al parecer este gigante no es tan malo como parece. Destruye, pero protege. Siglos de debates sobre ideales crudos y apasionantes, marcados por quién debe y cómo debe gobernar, dejan una marca en cualquier ser librepensante que sueña con que el hombre pueda ser racional y, por fin, poder gobernarse a sí mismo

¿Somos racionales? A veces.

El idealista (me incluyo) sueña con ese mundo perfecto, con el desarrollo de una serie de ideas que llevarían, o que nos llevarían, simplemente a vivir una vida espléndida. Una vida en la que las necesidades, por más alocadas que sean, podrían ser satisfechas.

Desde un bando idealista se afirma que la solución es el colectivismo, la contribución de todos nosotros para que ese objetivo se cumpla. Para que las necesidades de todos sean satisfechas. El todo es más importante que las partes. Cualquier acto es justificable si favorece al todo. Las partes aportan, el todo se alimenta. El todo, todo lo puede.

Desde el otro lado se derrocha esa idea, ¿justificada acaso por un enemigo?, que en momentos de debates suele ser un buen amigo. Keynes, con su “animal spirit”, da el hincapié necesario a que el hombre es un ser de instintos; un ser aynradianamente egoísta. La sociedad no piensa, son los individuos los que lo hacen. El hombre, en post de su propio interés, y no de su solidaridad, contribuirá al bienestar social.

               Mientras estos debates, muy interesantes y académicamente estudiados se desarrollan, en el mundo real el gigante avanza. Ayer por culpa de la guerra, por culpa de la especulación, por culpa de las burbujas. Hoy, por culpa de una pandemia. El Estado está siempre ahí, con el cuchillo entre los dientes, esperando cual debilidad de la estructura para mover su dama.

               El alcance del gigante es un enigma. Las utopías quedan a un lado, y nos vemos ante la encrucijada de desligarnos de problemas que no queremos ver, o que no queremos involucrarnos. La iniciativa privada en aquellos lugares donde nada hay para ganar, falla; y debemos de ceder ante el gigante. Pero no renunciar, sino negociar. Estructurar. Establecer las reglas del juego. Porque libertad no es libertinaje.

El problema está, una vez más, en que todos los jugadores cumplan con dichas reglas ¿O será acaso una mala jugada o un mal movimiento la oportunidad de cambiarlas?

Pero, en fin, no sé de qué reglas hablo. Si el gigante es omnipresente. Es una especie de Dios reencarnado detrás en un escritorio. Todo lo sabe, todo lo ve. Puede predecir el futuro, además. Al no hacerle caso, las peores catástrofes suceden. El gigante sabe lo que necesitamos. Sabe lo que sentimos. Que digo, el gigante todo lo sabe. Es omnisciente. Por ello es que nos debemos a él. Nos protege, y además es nuestra guía.

Nada necesitamos más que seguir sus consejos. Que, como el gigante es perfecto, sus enseñanzas vienen con forma de Decretos de Necesidad y Urgencia.

El gigante es capaz de predecir que si corremos en un parque nos podemos enfermar. Que si celebramos un cumpleaños en familia podemos asesinar. El gigante, solo por ser gigante, puede hacerlo. Él está exento de ese peligro. El gigante es omnipotente.

La avaricia está a la vista, y su instinto saqueador está sesgado por falta de estudio. Por falta de ideas. Por no haber hecho la tarea de historia, y condenarse a seguir repitiéndola. Laffer, como en una novela de ficción, resucita y se suicida inmediatamente después de ver lo que hacemos con nuestro Estado. La ineficiencia no será un sesgo, será entonces la ineptitud la que tome protagonismo. Incapacidad de gestar, de crear.

El gran debate, fuera de todo idealismo, es establecer el límite ¿Hasta dónde? ¿Qué obtenemos a cambio? Dicen los que producen ese paquete de yerba con el que cebas tu mate todas las mañanas.

El mantener la casta ha dejado de interesarnos. AFIP ha dejado de ser un ente regulador y redistribuidor para pasar a ser un estilo de caja jubilatoria; en la cual quien trabaja es quien financia, y quien recibe es quien controla al que trabaja. Lo bueno es que, quien controla, no tiene nada que perder. Es el trabajo ideal. Todos queremos controlar, todos queremos no tener riesgos.

El “American Dream” ha sido secuestrado y torturado, hasta pasar por el rayo peronizador, y se ha transformado en un puestito administrativo en el Ministerio de recreación inclusiva. O inclusive.  

La paciencia de muchos se está acabando. La evasión y el desprecio por quienes deberían de ser los paladines del orden se está haciendo cada vez más grande. Y eso no es bueno. Las reglas de este juego han sido borradas y rehechas con lápiz, cosa de que si existen fallas en la lógica, se pueden corregir.

Hemos pasado de ser entes negociando, a ser entes sumisos, entes aceptadores de reglas. Reglas impuestas por gente Honorable, que sabe que, aunque el gigante avance, en enero puede visitar Miami.

Y a veces no nos queda otra, es esto o nada. Ante cierta revolución, ante la tentativa de salir a las calles e intentar que el gigante retroceda; el miedo de perderlo todo es más grande. Antes de enfrentar a un omnipresente, omnisciente y omnipotente, preferimos ser sus súbditos, y obtener al menos migajas.

Y el tiempo pasa, y el gigante avanza. Avanza y está imparable.

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(*) Las opiniones aquí vertidas no necesariamente representan la visión de Fundación LiberAR.

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